Si uno pregunta a estudiantes de música y músicos profesionales en general, en qué consiste el trabajo de ensamble, ya sea en música de cámara, orquesta, banda, etc., posiblemente recibirá una respuesta que más o menos sería así: "el trabajo de ensamble consiste en tocar todos "la misma pieza", con la mayor coordinación posible, y escuchando todo lo que sucede alrededor, intentando que mi parte calce con el resto de las cosas que suceden". Esta respuesta es una parte de lo que es trabajo en ensamble, no lo puedo negar, pero está incompleta. Podemos estar realizando todas esas acciones, y aún así no se garantiza el éxito de una performance, ni la satisfacción de los músicos con la calidad de un trabajo bien realizado.
Un ensamble, indiferentemente de la conformación instrumental, es un organismo. Como tal, cada parte, por pequeña que sea, debe estar alineada con el propósito último de ese organismo, de lo contrario el organismo no funcionará al 100 % de su capacidad. Si les parece exagerado, tomemos por ejemplo lo que sucede una vez que se tapa una vena del cuerpo humano. Basta con que se tape un solo punto del sistema circulatorio, a pesar de toda la extensión de las venas y arterias, aunque el resto del organismo este funcionando adecuadamente, y este contratiempo tan pequeño podría ser suficiente para perder la vida si no se atiende a tiempo.
Tomando esta idea de una vena, como una vía por la que debe transitar algo sin tropiezos para garantizar la vida, podemos afirmar que en un ensamble musical, al igual que en cualquier organización deben haber canales abiertos constantemente para que pueda haber vida de calidad, o bien un producto de calidad, y además satisfacción de todos los miembros con el resultado final.
La finalidad de un ensamble musical, efectivamente, es tocar, ejecutar UNA obra, una única obra a la vez, y todas las partículas de ese organismo tienen que estar de acuerdo en que así sea. Si no, el organismo ni siquiera puede considerar la posibilidad de existir en armonía. Pero el asunto es cómo ponerse de acuerdo, sobre todo en un arte como la ejecución musical, en la que se depende de un esfuerzo colectivo que existe efímeramente en el espacio y el tiempo. ¿Cómo lograrlo?
Muchas veces hemos tenido la oportunidad de ver ensambles en los cuáles parece que cada músico tiene un muro alrededor, de pronto impuesto, de pronto construido por nosotros mismos como ejecutantes. Es muy sorprendente que músicos que individualmente suenan tan bien, no puedan conformar un ensamble que suene igual de bien. Ese muro lo único que está haciendo es impidiendo la comunicación de los miembros del ensamble entre ellos mismos. Es muy lamentable que los músicos nos comuniquemos tan deficientemente cuando estamos dentro de un ensamble. Y aquí quiero hacer énfasis en que todos los músicos sin excepción, sin importar el instrumento de nuestra especialidad, en alguna ocasión en la vida seremos músicos de ensamble, y el funcionamiento de un ensamble de dos personas o de cien personas es el mismo. Esa idea de que existe el solista por un lado, y el músico de ensamble por otro, y que de alguna manera uno es superior, o al menos distinto al otro, es una idea sin sustento. Lo único que varía es su función en la estructura de la música que se está tocando, su función en el ensamble.
Una fábrica se especializa en crear un producto que se ofrece al público. El éxito de esa fábrica consiste en que cada persona que ahí labora tenga muy clara su labor y cómo esta se relaciona con las demás para que el producto final sea una realidad. En realidad no hay una labor más importante que otra, todas son importantes y todos dependen de todos. Para lograr esto, es necesario que haya una comunicación fluida entre todas esas personas. No basta con que las órdenes y los mensajes lleguen a una bandeja, o incluso que sean leídos. Cualquier mensaje se debe traducir en una acción, todo mensaje debe llevar una réplica, y de la velocidad y efectividad de esta réplica depende el éxito de esa empresa. En un ensamble, el producto final es la pieza que tocamos para nuestro público, y todos los miembros deben estar alineados con ese propósito. Este punto nunca se podrá enfatizar demasiado: la finalidad de un ensamble es tocar las piezas musicales, y el objetivo supremo es la música en sí. El ensamble no existe para satisfacer ni complacer a ningún miembro, o para ajustarse a los caprichos o ideas de X ó Y. La finalidad última del ensamble es la música, nunca sus miembros. Un buen ejemplo práctico de esta realidad es la situación del equipo de cualquier deporte que no es tan bueno individualmente, pero que hacen un juego excelente y le ganan hasta al campeón. Todos estuvieron unidos en un objetivo, todos sabían cuál era su responsabilidad, y lo más importante: todos cumplieron con las acciones que se definieron para cada puesto con el fin de conseguir ese resultado final. El músico que se sienta en un ensamble con la idea de tocar lo mejor que pueda y desatiende todo lo demás, está haciendo una labor reducida. Tocar en un ensamble musical es un gran ejercicio de comunicación.
Ahora bien, ¿en qué consiste una comunicación efectiva? ¿Se trata únicamente de que yo transmito un mensaje y la persona que está al frente mío ejecuta un papel pasivo de simple escucha? Eso en realidad es una comunicación muy deficiente, si es que se le puede llamar comunicación del todo. Una comunicación efectiva se da entre dos personas, en una alternancia de ideas y opiniones fluida. Yo digo algo, la otra persona escucha con atención, con interés, y luego responde a lo que yo dije de forma apropiada, y yo escucho atentamente con interés para responder como se debe, y así continua el ciclo de comunicación hasta que las dos personas decidan pararlo. Puede ser que la respuesta implique un acuerdo o un desacuerdo, eso es indiferente en este punto. Lo importante es que hay una generación de comunicación en un extremo y una réplica en el otro. La finalidad de escuchar lo que sucede en mi entorno en el ensamble no es únicamente por escuchar, sino para saber cómo responder efectivamente a ese entorno que está sucediendo en tiempo presente. Escuchar para saber cuál es la función de lo que estoy tocando, cómo eso encaja en el entorno total de la pieza, y cómo mi función contribuye al objetivo primario del ensamble como tal, y realizar ajustes constantes en el transcurso de la obra según lo requiera la comunicación del momento. Cuando esto sucede, realmente podemos afirmar que todos estamos tocando la misma pieza. En un ensamble no hay músicos más importantes que otros. Si hay una dinámica laboral en el mundo moderno que se acerca al concepto más puro de una democracia, esa sería la dinámica de un ensamble musical. Lo que sí varía es la función estructural que se le asigna a cada instrumento, pero tan importante para la pieza es la persona que toca el tema principal del momento, como la persona que solo toca dos notas en una pieza que dura 30 minutos. Es labor de cada persona realizar los ajustes inmediatos, dependiendo de la función estructural de la parte que es su responsabilidad: ¿es una melodía principal, una segunda voz, acompañamiento, una contramelodía, un elemento que añade un color especial a lo que está sonando?
En la medida en que seamos conscientes todo el tiempo de estas diferencias, que podamos percibirlas y manejarlas, nuestros ensambles serán mejores y la ejecución musical será mucho más satisfactoria para todos los involucrados, músicos y público por igual.
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