sábado, 16 de abril de 2011

Un músico mejor = una persona mejor

Con todo el surgimiento, en años recientes, de las escuelas de música en las comunidades, una gran cantidad de personas de todas las edades se acercan con el fin de aprender y disfrutar de la ejecución de algún instrumento. No obstante, vale la pena preguntarnos cuál es el objetivo de la mayoría de estas personas. ¿Por qué razón deciden sacar parte de su tiempo libre para dedicarlo a una actividad que requiere tanta dedicación?
En primer lugar, la mayoría de la gente se acerca a las escuelas de música para utilizar la música de forma “terapéutica.” Es el escape del fin de semana, para alejarse del estrés de los estudios o el trabajo. Estas personas simplemente quieren divertirse, crecer espiritualmente a través del acercamiento a las artes, y de rebote establecer nuevas relaciones interpersonales fuera del círculo habitual. Otro gran grupo de personas, los niños más pequeños,  muchas veces llegan a las escuelas de música gracias al interés de sus padres por que aprendan valores importantes para la vida en general, como la creatividad, la disciplina, el trabajo en equipo, y otros que se refuerzan y se aprenden a través de este arte.
En todo este panorama, ¿qué papel jugamos los profesores? Es una cuestión difícil de entender, tanto para nosotros como para los que se acercan para aprender, porque en principio tenemos objetivos diferentes. Los profesores queremos formar músicos, atentos y dedicados, con deseos de superación gracias a la práctica constante y concentrada. Dejamos asignaciones y tareas para que el estudiante dedique un poco de su tiempo cada día, y que así pueda tocar cada vez mejor. Por otro lado, muchas personas que se acercan a la escuela de música llegan con el fin de tener un pasatiempo para no estresarse, no para tener un deber más por el cual preocuparse. ¿Qué hacer entonces?
Me parece que podría ayudar muchísimo que las mismas escuelas establezcan políticas muy claras, con los niveles de exigencia y los cursos y deberes obligatorios que se esperan de cada estudiante; que el estudiante y sus padres tomen una decisión responsable al matricularse, y que nosotros como profesores sepamos hasta dónde podemos exigir. Que haya un compromiso de todas las partes. Si los padres y el estudiante consideran que no se podrá cumplir con cada obligación que establece la institución, lo mejor será que el estudiante tenga clases particulares, fuera del ambiente de la escuela.
Ahora bien, sea en el ambiente de la escuela de música o en las clases privadas, los profesores no debemos, bajo ninguna circunstancia, bajar nuestras expectativas, con la excusa de que “de por sí, ni van a ser músicos.” Uno de los valores que enseñamos los profesores de instrumento es el respeto profundo por el trabajo, incluso cuando tenemos que hacer algo que no nos gusta y hay que hacerlo de forma excelente. Debemos dar el ejemplo en eso. Si bajamos el nivel de exigencia, nosotros mismos estamos devaluando nuestra labor. Además (y escribo esto pensando en los más pequeños, en los niños que están en pleno proceso de formación de valores), la disciplina que se requiere para establecer y respetar un horario de estudio y actividades diarias, en el que la música tiene un espacio definido, será determinante en una persona adulta, que en un futuro tendrá que atender sus labores profesionales, sus compromisos familiares, sus obligaciones con los bancos, el mantenimiento de su hogar, y muchas otras actividades relacionadas con el diario vivir.
En el libro You can become a good musician, Richard Cox afirma que la razón menos importante para aprender a tocar un instrumento es ser capaz de tocarlo. Asegura que la mayoría de personas van a llevar clases de música si acaso por un par de años, y que recibirán una formación básica que no será suficiente para ejecutar satisfactoriamente en público. ¿Por qué gastar tanto tiempo y dinero en eso? Mediante la música, lo mismo que por medio de los deportes y otras actividades artísticas, aprendemos auto-confianza, trabajo en equipo, sensibilidad, coordinación de las partes del cuerpo, respeto por los superiores y otras habilidades sociales, valores y capacidades necesarios para ser mejores personas. Si los profesores permitimos que el estudiante no dé su mejor esfuerzo para mejorar, y más bien fomentamos actitudes que fortalezcan la mediocridad, estaremos fallando en la formación de las personas bajo nuestra responsabilidad. Personas íntegras, que cada día den lo mejor de sí en sus labores a pesar de los obstáculos, con inteligencia y entrega absoluta, que nuestra sociedad actual tanto necesita.

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